Maldito tiempo invertido en perder el tiempo. Lástima de hombre cuyo única pasión ha incrementado su dolor, aún sabiendo que su pena era un lastre que él mismo buscaba. Su fin era dar, dar hasta límites insospechados, doblegar con la cobardía, buscar respuestas en aquellos labios propiedad de otro.
Su carga era ser él, mas no conocía el miedo si era ella el motivo. No importaba dónde, ni cuándo, tan solo su esclavitud le hacía libre (aunque esto suene más bien irónico). Lidiaba contra todo pronóstico, iba dejando restos por el camino, aunque él seguía erguido, manteniéndose confiado en su fe.
A día de hoy la historia cambia. Abatido y sin más que decir, vuelve a su cueva, cansado de no poder ser el fin que justifica los medios. Malherido, marchitado, endeble, mantiene su rostro cabizbajo para evitar derramar una sola lágrima más por culpa de ese cuerpo que tantas pesadillas le provocaba.
Su futuro está claro, seguir arrastrando ese calvario que le aterra, pero que no podrá evitar por muchos cuerpos que pasen por su piel, pues solo unos ojos claros pueden romper los miedos de aquel vulnerable ser.