Sigue pasando el tiempo. En su lado la más idílica calma. En el mío la derrota, amargo sabor prohibido por mis labios. Beato candil malherido que me separa de mi, de ella, de nosotros.
No grito por placer ni dejo que pase el tiempo. Tan solo esquivo las balas y las dunas de su desierto de dudas que va azotando mi cuerpo.
Y mientras ella sonría yo lapidaré mis destellos, pues mientras desespere en mi entierro, la mayor joya vivirá desnuda, ajena a cualquier pensamiento. Haya sangre en mis besos, truene o nieve en mi orgullo juraré mi destrucción si no lucho, ajeno como siempre a cualquier gemido. Encontrarán mi cadáver, me despediré con firmeza y desearé la inmortalidad para tu olvido y para mi tristeza, unidos en el mismo camino, siendo uno, sin más despedidas.
Tras el esparto de mi ser se halla la seda de tus ojos.
