Tragos, y tragos, y tragos y muchos más tragos. La embriagadez es contínua. He sido convertido en el típico hombre que se molesta cuando le prohíben la entrada al bar, o aquel que se desangra cuando le cierran el tugurio en el que se recrea con humo y peleas.
Me he vuelto el desecho social que tanto he odiado, y para colmo lo admito.
Lo comprendo, comprendo que haya compasión, es normal, incluso yo mismo me la tengo.
Pero confío en que cada vez que hinco el codo en una mesa de madera y empino el vaso sirva para que todos los miedos que me están comiendo por dentro desaparezcan.
Que se me quite la angustia, que se me quite el mirar hasta debajo de las piedras con el fin de encontrar un escondite por si coincidimos.
Que se me quite el insomnio, las taquicardias, las pesadillas de los 20 minutos de mierda en los que consigo conciliar el sueño...
Fumar, y fumar, y fumar y mucho más fumar. Mis pulmones están destrozados. Tengo la garganta al rojo vivo, pidiéndome clemencia, pero es tan súmamente imposible su perdón que incluso se ha acustumbrado al sufrimiento.
Otra vez vuelven las conversaciones en las que me intentan convencer de que tengo un problema de adicción, y para colmo lo admito.
Lo sé, sé que da mucha pena verme tan jóven destrozando cada trago de aire que inhalo, es normal, yo también lo pienso.
Pero a la vez tengo esperanza de que cada calada me de serenidad, que me relaje, que me inhiba de pensamientos, que me quite ese temblor que tengo en las manos y ese sudor frío que me da cada noche cuando intento "dormir".
Que me ayude a volver a ser el tío que era antes, y no el saco de huesos y mierda en el que me he convertido
Que me ayude a cicatrizar la cantidad de heridas que me ha provocado tanto sufrimiento, aunque para ello sea necesario que me parta el pecho.
Sé que es triste, pero así va la cosa


No hay comentarios:
Publicar un comentario